febrero 15, 2010

A mi querida hermana



Acabo de llegar de un funeral
mi esposo me preparó un café,
ya la ropa negra me quité.
Y me he sentado aquí en la mesa,
la de nuestras confidencias.

Un cigarrillo encendí,
en tu silla me senté,
no sé por qué,
siempre te sentabas aquí.

Tan en serio era así,
que hasta a mis hijos sacaba.
Esa silla es de tu tía
sal, sal de ahí.

Muchas tardes, miles de madrugadas
en esa mesa nos desnudamos las almas.
Eran intensas nuestras confidencias
trabajo, esposos, hijos, la vida
todas nuestras vivencias.

Tenías solo diez años
cuando a tu vida llegué.
Nunca tuviste celos
tu muñequita llegué a ser.

Fuiste mi hermana-mamá
¡Dios que ser tan especial!
Mi mamá trabajando, mi papá no está,
pero tu siempre presente
para mis historias escuchar.

Crecí contigo hermana,
fuiste mi ejemplo, mi confidente.
Nunca sentí temor de expresarte
lo que mi alma siente.

Y un día enfermaste,
enfermaste de repente
y con parte de mi cuerpo
estarías bien por siempre.
Saque doctor lo que sea
Mi vida comparto con ella.
 
Pero no conté hermana querida,
con que el cielo no quisiera.
Darme la oportunidad,
de darte algo de mí,
para que vivieras,
 y te fuiste antes, antes de que sucediera.

Me has dejado un vacío
que me asfixia y me envenena,
Y me senté en tu silla
para sentirte cerca.

No he enfrentado el dolor
que tu partida me deja,
es grande el temor
y no estás para contarte mi pena.

¡Por Dios! ¡Dime que hago!
Siento soledad, coraje y rabia,
quiero maldecir y no me atrevo
pues sé que eso te molestaba.

Donde estés nunca me olvides,
Por favor, ¡quédate cerca!
Porque esta soledad tan espantosa,
solo tú la llenas.

Háblame al oído, en sueños, ¡como quieras!
Pero no me dejes sola
vivir sin ti me aterra.
Has dejado un vacío
un vacío, que nada llena.
Enciendo otro cigarrillo,
¡Este es para ti, hermana buena!
 

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