noviembre 20, 2010

Encrucijada...


¿Alguna vez has estado parada a la orilla del camino sin saber a dónde ir? Creo que a todas nos ha pasado. A mi me ha pasado en varias ocasiones y usualmente es --el temor a pederme-- lo que me paraliza de tomar una ruta. Usualmente, mi cabeza me dicta la solución, pero mi corazón --que es un bohemio-- me dice otra cosa. Entonces cuando la lucha mental se convierte en una encrucijada.

La vida muchas veces se trata de elegir. Nos encontramos frente a múltiples opciones y tenemos que elegir aquello que entendemos nos funciona. En ocasiones el camino parece claro y de momento se obscurece, es entonces donde tenemos que sacar la linterna y continuar caminando, confiando en tomar la salida correcta.

A veces, lo que nos conviene duele o requiere mayor trabajo que lo que no conviene. Cuánto nos cuesta trabajo elegir. Y la cabeza gira, gira y gira sin rumbo buscando la manera de superar la confusión, asunto que solo se dirime cuando volvemos a encaminarnos.

El miedo real a la encrucijada es que siempre implica perder algo. Cuando tienes dos opciones y se te dificulta elegir, es por que ambas opciones tienen algo que te gusta, que te atrae. Elegir una descarta a la otra, y prefieres vivir en el “status quo” de la dualidad inconclusa. Pero al final del camino, esto solo te hace gastar energías.

Hoy, luego de pararme en el medio de mi encrucijada, de repasar el dolor de escoger, creo que estoy lista para tomar un camino. No sé si sea lo correcto, pero siempre he sido yo mi mejor compañía. Total, nada impide que luego las rutas converjan… Eso solo lo sabe Dios.

Hoy me escogí, para ser reina no lacaya. Hoy me escogí para ser centro, no barriada, hoy me escogí para ser ruta, no encrucijada.

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