noviembre 23, 2010

La enredadera

Como siempre, la naturaleza guarda las mejores lecciones para quienes quieran aprender de ella...


Había visto tus hermosas flores en varias ocasiones. Tan reciente como esta misma semana, había pasado por tu lado sin prestarte mucha atención, pero maravillándome ante la simple belleza de tus capullos de sencillo púrpura, sin saber a quién pertenecían. Pero hoy volví a verte y te percibí realmente, tu presencia impactándome cual súbito celaje frente a un espejo. Caminaba absorta en mis pensamientos, con los brazos extendidos y aspirando la limpieza del aire que me rodeaba, entregándome al sol del atardecer, a la montaña, a los verdes y al sonido de la hierba bajo mis pies. Buscaba en silencio y confiada recibir de ellos algún consuelo para mi alma adolorida y confusa.

Y de pronto, allí estabas. Como si me estuvieras esperando con una respuesta a flor de labios, te vi, en el irónico esplendor de tu asfixiante abrazo. Te observé aferrada al ser a quien, siendo tan hermoso como tú, apenas dejabas exponer sus hojas al sol que ya se ponía. Aquella palma algo más longeva que tú; aquella palma majestuosa que dominaba sobre la colina. Había crecido por años, tal vez mucho antes de que comenzaras a cobijarte bajo su sombra y a querer pertenecerle rodeándola con tus rizos firmes.

¡Con cuánta facilidad pude entonces distinguir el abrazo que a ella te unía! Y fue así de fuerte e inmediato el impulso que me arrastró a salvarla de ti, y a ti de ella. ¡Cuánta hermosura escondida entre hojas secas, apretadas y entrelazadas! Tan entrelazadas, que ya no podía distinguir desde dónde debía tomarte de la mano para comenzar a rescatarlas.

Entre sus largas y majestuosas hojas se asomaba el lila de tus flores. ¿Acaso no te dabas cuenta de cómo privabas al mundo de tus colores mientras te enredabas? Traté de arrancarte de un repentino tirón, pero me di cuenta de que así de inminente sería tu muerte, como habían muerto ya algunas de sus hojas, privadas de preciado oxígeno bajo tu abrumador abrazo. Tres ramas enteras conté; grises y secas como el cielo más nublado. Cedieron de su tronco con la mayor facilidad, sin formar ya parte de ella. Qué tristeza...

Sentí entonces que se llenaba mi alma de ternura. Tanta, que pude ir tomando con inagotable paciencia, uno a uno, tus interminables tallos, enredados cual serpiente entre sus propias vueltas, asfixiando tus propias flores, convirtiendo en estrechos ramilletes las hojas de ella. Y entre mis manos te fui acompañando a desandar lo andado; a soltar lo que con tanta fuerza tenías aferrado. Fue fácil percibir cuánto te dolía; tus tallos se rebelaban al proceso, pues se habían atrofiado al enroscarse en una silueta que no les correspondía. Según te desprendía, colocaba cuidadosamente en el suelo tu antiguo laberinto, mientras veía aliviada que tus flores se hallaban intactas, tan simples y traslúcidas como la primera vez que las percibió mi vista.

Hubo momentos en los que no tuve más remedio que arrancarte algunos segmentos por la fuerza, pues tu tenacidad (¿o testarudez?) en mantenerte aferrada era demasiada y no respondías a mis delicados intentos por darles libertad. ¡Cuánto lo lamento! Tal vez fue el alto precio a pagar para que de ti puedan brotar retoños nuevos.

La mayor de las sorpresas se apoderó de mí cuando intenté liberar el tallo principal que se entrelazaba con las raíces de aquella verde palmera. Por más que tiré de ti, se encontraban ambas tan fuertemente fusionadas en la base, que no pude desprenderte. Entonces me alejé por un momento para concentrarme en observar el fruto de mi esfuerzo. Aunque algo mustia, pude admirarte en todo tu esplendor, regalándole tus flores al resto del jardín, y pude verla a ella en toda su majestuosidad, sonriendo y respirando bajo el sol de aquella sabia tarde.

Te coloqué, silente, junto a una cercana y moribunda ceiba. Aquella que tanto amo, pues se niega a irse del todo, mientras sus espinas permanecen como soldados de fila, espantando a todo el que se acerque a dudar de su futura existencia. Te dejé a sus pies, ya gentilmente separada de la frondosa palmera; respirando tu propio aire, pero imperturbablemente unidas en las raíces, cual silente ofrenda llena de amor para la joven y sufrida ceiba.

Sé bien que tendré que visitarte a menudo; las enredaderas son algo testarudas y complejas. Tal vez sean más de una las veces en que tendré que tomarte de nuevo entre mis manos para recordarte el camino hacia tierras nuevas y que has de tomar tu propio alimento de la tierra. Pero no importa; por hoy has cumplido tu parte...(¿o habré cumplido yo la mía?).

Por algún motivo desconocido, cierta paz se abraza cual enredadera a los laberintos de mi alma inquieta...

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