abril 05, 2011

La Solé

Bajé la cabeza desde mi altura y allí estaba ella, encorvada como un cobito ocultándose del frío. Era una noche de esas en que la desesperanza se apoderaba de ella y la soledad de mí, lo que nos hacía converger en el tugurio que ambas llamamos hogar. Hacía mucho tiempo que no veía venir a la Solé a mendigar pedazos de pan a la puerta de mi alma. Y reconozco su llegada porque el frío se apodera de mi carne aunque el termómetro marque que la temperatura afuera está a más de 90 grados Fahrenheit. Y sin mediar palabras le lancé de comer, y sin mediar palabras se metió en mi ser desplazando mi alegría con su presencia.

Nuestra historia, como casi todas las historias, comienza con un final triste que pudo haber sido feliz. La conocí un día caminado por la calle y me pareció hasta simpática. Para aquella época yo estrenaba nuevo amor y ella deleitaba sus bragas en la cama de un nuevo amante. Nos vimos y nos reconocimos enseguida, éramos la otra la carencia de la una. Y nos tomamos una toronjita con Grey Goose mientras conversábamos de lo bien que nos trataban nuestros marchantes, alimentando de ilusiones nuestras carencias más básicas. Y el uno era galante mientras el otro era tremendo amante. El uno era rico en dinero, mientras el otro era rico en fortuna. Y al final de la bohemia parecíamos cada una como Cuba y Puerto Rico, de un mismo pájaro las dos alas.


Y cimentamos nuestra relación en la falsedad de sus historias y en la inocencia falsa de las mías, abriendo así un abismo entre nosotras y la realidad. Nos convertimos en amigas vespertinas hasta que un día, en que el calendario marcaba agosto y nuestras cabezas retumbaban llenas de abriles fallidos, el rico y el afortunado se vistieron de deshonra y nos lanzaron por la puerta que conduce rumbo al olvido. Y así mero, como el mismo automático, Solé se anidó en mi piel viviendo de mi sangre como lapa famélica.


Y me absorbió la muy canalla hasta convertirme en la sombra de su propia sombra. Me destruyó la entraña como un parásito hambriento de carne fresca. Y ya ninguna de las dos jadeaba de placer en las tardes, y ya ninguna de las dos infundía su piel con aromas frescos de la cañada. Y convivimos juntas cual dos amantes enfermizos hasta que un día el hastío se hizo en mí y me marché abandonándola, buscando saciar mi sed por un respiro de aire puro, lejano de aquel aliento fétido que acompañaba a Solé cuando compartíamos la misma cama. Y cansada de ser la sombra de otra sombra me marché en busca de mi propia resurrección.


Pero anoche la Solé intentó hacerse en mi cama como antes. La pobre ha perdido unos cuantos de sus 60 kilos. Al principio no la reconocí, hasta que me miró con esa mueca canalla que pretende ser un conato de sonrisa. La dejé pasar, y hasta le di el lujo de alimentarse de algunas de mis frustraciones. Sin embargo al cabo de unas horas, al rato de sentir su frío intenso en mi lado del sofá, me retracté, la largué, la despedí. Y marcando con mis pasos el camino hacia la salida, la lancé por la puerta del olvido, aquella misma donde su compañía me había lanzado alguna vez, y donde me he prometido nunca más volver. Y Solé con su desgracia se encaminó a un lugar donde me le vuelvo indeleble, donde me le vuelvo intocable, donde se vuelve la prostituta favorita del tiempo que fue y nunca volverá.


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