septiembre 13, 2011

Candela

Sentía el peso de un camión en sus costillas rotas. Sus labios estaban a punto de explotar. Sentado en el piso de su celda recordaba todo lo acontecido en los últimos seis meses. No paraba en repetirse a sí mismo, que esto era el “valor y el sacrificio” del que habló El Maestro. Se decía mentalmente la validez de todos los argumentos que lo llevaron a esa celda. Tenía el espíritu encolerizado de revolución, de justicia social, de consignas y noches en vela.
Tenía la cara roja de vergüenza, el pecho a punto de explotar por la ira, la indignación: ¿Cómo se atreven hacerle esto? Tantos años de servicio, cambios de turno, arriesgando la vida cada día para abonar tiempo en las filas del fondo por un balazo en la clavícula cuando llegó a destiempo y sola a ese asalto. El desgarramiento de la piel no dolió tanto como todos los años de lidiar con la jaquetonería de sus compañeros de trabajo, como el acorralamiento en una oficina, como las quijadas apretadas al dormir y las pesadillas “típicas de un síndrome de estrés postraumático”, como le explicó el psiquiatra del anonimato que tuvo que buscar para que no le quitaran su dignidad… ¿para qué tanto luchar, para sacar a sus hijos hacia adelante?
Cuando se miraron, por primera vez, se sonrieron, con la misma sonrisa del primer encuentro como cuando la recién parida acoge en su pecho esa cría, llena de cansancio y satisfacción por tener finalmente en sus brazos lo que tanto amará por el resto de sus días. Esta vez fue un poco distinto: en la primera ocasión verificó los dedos de las manos y los pies, para ver si estaban completos, si habían manchas o alguna falta de salud visible; ahora su hijo hecho todo un hombre, tenía en su cara hinchada y amoratada un semblante de dignidad infinito. Pudo adivinar en la distancia que tenía las costillas rotas debido a más de tres macanas.
¿A quien salió este muchacho? Se preguntó. También durante estos últimos seis meses fueron muchas las discusiones entre ellos, ella temía por su seguridad y locura; y él temía ser inútil o autómata o colonizado, palabras que según ella no tienen vigencia en la vida real, en la calle, en este país y sus instituciones de mierda.
Se perdonaron al instante. Las miradas se podían contabilizar en esa precisa escena, los cuchicheos iban en crescendo, miradas y cuchicheos mudos que fulminó con una mirada de leona. Nunca imaginó que tendría que tomarle las huellas digitales a su hijo; sabía en sus vísceras que su hijo no era un criminal. Pero al hacerlo, se sintió con el pecho hinchado, como si estuviera fichando a Nelson Mandela u otro héroe nacional, de esos que salen en las películas y logran que las cosas cambien después de poner su vida en riesgo y de pronunciar discursos conmovedores. No es fácil estudiar en la IUPI. No es fácil ser hijo de una leona.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Soy policía y apoyo las causas que encuentro justas, como la de los estudiantes de la pasada huelga. Siempre he tratado de evitar el desorden aunque pienso que hay vaces que nuestra sociedad se lo ha ganado. No trabajo en ninguna fuerza de choque o unidad táctica, tan siquiera poseo un rotén, macana o batón. Soy mayor de edad y trato de servir bien a mi pueblo, para colmo de bienes, soy "separatista" desde que tengo conocimiento de la razón. Creo que has escrito algo muy cierto. La razón de ser de lo puertorriqueños es mantenernos unidos y no faltarnos el respeto, sobrevivencia por más de 500 años. ¡Qué vivan los estudiantes!

YinLulaLibe dijo...

Gracias! Me alegran tus palabras! Cada historia tiene muchas historias en si mismas.
Con cariño, Yina