noviembre 23, 2011

Y a tu niña, ¿cómo le va?

Vas observando todos los artículos de la tienda, con calma, ensimismada. De repente, escuchas el llanto de un niño o niña, el tono va en aumento, ya te intriga. Buscas el pasillo de donde proviene y ves en el piso a esta niña pataleando, con las mandíbulas tensas, gritando y haciendo movimientos convulsivos. Para ella no existe el público de la tienda, ni piensa que puede hacerse daño mientras se contrae y se desplaza…en ese instante solo existe ella y su sentir. Mientras, la madre o el padre la observan y se saben observados…cientos de ojos sobre ellos, cientos de juicios y opiniones, algunas en voz baja, otros con la mirada… (cada cual se cree el mejor padre/madre del mundo y propone sus propias y ‘únicas’ soluciones). Los padres de la niña deciden dejarla vivir su proceso, saben que es totalmente natural…y pasará, reconocen que si intentan detenerla, ese sentimiento se esconderá y eventualmente saldrá de forma mas violenta en el futuro. Ya le pasará, ya comprenderá. La gente de pasillo, los jueces de turno, el tiempo que transcurre, la música de la tienda, el gerente nervioso, no son importantes, solo la niña… ¡menos mal! Resulta interesante ver que los demás niños no se impactan ante la escena, pues ellos comprenden ese idioma. Nunca verás a un niño juzgando o intentando reprimir la pataleta de un compañero…eso sería traición.

Hace días mi niña interior está dando pataletas, rabiosa, llorona y ni quiere comer. Se sienta donde le da la gana, levanta la trompa, dice que quiere estar sola y cuando todos se van…grita y llora. ¡Se contorsiona como artista del Cirque du Soleil! Al principio, le ordenaba que se callara y que se comportara como una adulta…pero mientras más la reprimía, mas rabiosa se ponía. Cada día se pronunciaba más rebelde, ahora entiendo que ella no solo tenía que luchar contra otros, además se sentía traicionada por mí…a quien ella más ama. Comenzamos a hablar, al principio no fue nada fácil, pero la cosa fue mejorando. Aprendí a respetar su dolor, su coraje y su manera de manejarlo. Ahora la observo como otra niña, sin juicios, sin penas, sin identificarme…solo espero a que le pase, cuando se agota viene a mi y la abrazo. Le digo fuerte que la amo…y que todo pasará, “el tren llegará…” entonces con sus ojos aún mojados pero llenos de la más pura ternura y genuina esperanza, me regala una sonrisa.

A mi niña le gustan cosas tan aparentemente opuestas…disfruta el campo y la costa, la grama y la arena, el suave sonido del viento y la música alta, la sobriedad del Sol y los excesos de la Luna, escucha el cantar de las aves y admira el silencioso voloteo de las mariposas, habla con las iguanas…desde que descubrió que el terror que le ocasionan, se aminora con la amistad. Le encanta vestirse y sentirse bonita, pero prefiere siempre andar descalza, gusta de usar prendas que suenen cuando camina, collares, sortijas, pulseras, me parece que le recuerdan las campanitas de la guagua de mantecado. Ella es toda intensa y me gusta.

Mañana, día de dar gracias, prometí llevarla a ver el atardecer, acostadas sobre la grama del castillo que mira hacia el Atlántico. Ella conmigo y yo con ella, a ambas nos gusta decir adiós al Sol…

A propósito, y a tu niña ¿cómo le va?



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