septiembre 15, 2012


FRIDA


Nada resultaba tranquilizador, sólo su presencia y la cadencia de su mirada. Noches agitadas de calor que le inundaban el día de un placer sediento y solitario. Lo buscaba, lo buscaba como un animal domesticado que se ha quedado huérfano. Su olor aparecía donde menos lo esperaba y su espuma subía hasta la mañana.
            Por las tardes, sentía que se ahogaba, que la muerte sucedía allí, que sólo la salvaría la posibilidad de varios anocheceres. Entonces, él entraba: calmo, sonriente, con su pecho enorme para deshacerle el miedo del atardecer.
El tiempo no era tiempo, no transcurría entre matices, sólo hilvanaba un rojo espúreo la cabellera de aquel amor. Cuándo él se iba, se llevaba la luz; todo yacía descolorido y deformado por la ausencia de su sombra.
            Una noche no volvió y ella fundió su desesperación en sollozos entrecortados y trazos rápidos sobre una hoja de papel, que, seguramente, nunca entregaría. Exhausta por el esfuerzo, con un orgasmo entre sus piernas y  un poco de alcohol en la boca, se tumbó sobre la esterilla que cubría parte del "living". El fuego la agobiaba y el abandono se convertiría en uno de los caminos posibles que recorrería, ya tranquila, entre encuentros y desencuentros.

LIGEIA 

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