enero 09, 2013

Te miro y tiemblo:
y la nostalgia es un sabor agridulce en el pecho,
una hazaña en la memoria,
de las que cuentas con aires de que no has echado a perder la vida;
que después de todo haz logrado captar el carpe diem en tus días.


Te miro y tiemblo:
y tu espalda, a la que me aferro delirante,
me salva del mundo y de mi.
Y mi espalda, a la que te aferras delirando, lloviendo, 
muriendo un poco, regalando otro tanto; 
te da el abrazo primitivo,
el de siglos y años luz,
el del sosiego, el del oasis,
el que calma las ansias.


Te miro y tiemblo:
cuando naufragamos en mi cama
después de la embestida de los cuerpos laboriosos.
Cuando al no tenernos, nos tenemos en la complicidad del pacto.
Cuando nuestras caderas se buscan al unísono. 
Como cuando escucho ese tono de voz,
de súplica, de por favor, de anda, de ruego,
de que vengas acá, de que me quieras un ratito
a petición popular de tus labios, de cada peca y de cada dedo.


Y así, nos miramos y temblamos:
por la complicidad, por el batir demencial de los cuerpos,
por el secreto, por las súplicas, los gemidos,
por la espontaneidad en el acomodo y en los abrazos,
por los besos instintivos y afanados. 

(2011)