agosto 13, 2013

Lección de hospital

Tenía los ojos azul cielo abierto frente a la orilla de playa sucia. Tosía sin misericordia y daba directrices corridas, con sentido contradictorio para quien no la conoce. Una trenza blanca adornaba su bata de hospital. Ochenta y siete años merodeaban visiblemente su cuerpo enfermo; mas no así su memoria. “Mato a los hombres”- sentenció a mi madre-, que estaba en la camilla contigua y más asustada que cuando nos fue a parir.  Mi mamá se ríe y le hace conversación,  como siempre, observo y escucho. “Pues sí,  mato a los hombres.  Mi primer esposo, estuve con él 45 años, me dio una mala vida… le gustaba beber ; cuando llegaba borracho nos cogía a mí y mis hijos; nos daba hasta dentro del pelo”.  Mi mamá la interrumpe: mi papá era igual.  He escuchado esa misma historia miles de veces, de diversas bocas, de diversas casas, de muchas mujeres, que siempre son la misma. “Gracias a Dios que se murió, y que Dios me perdone, pero es que era malo”. (Misma historia) “Después me volví a casar con un primo, que era más mi compañero, mi hermano, no mi marido…” No sé si esto último lo dijo con desdén, pero me sacó de la duda inmediatamente: fueron los mejores cuatro años de mi vida. “Una vez nos dejamos y me hizo una trastada (sepa lector internacional que en boricua eso significa una pegá de cuernos, una infidelidad)  sentí una cosa mala que me entró por los pies; me explotaba el pecho (ataque de cuernos) y le eché una maldición, que Dios permitiera que sintiera lo mismo que sentí. Creo que me escuchó porque le dio cáncer en el estómago, lo recogí de nuevo cuando enfermó, lo cuidé hasta que murió en mis brazos tranquilamente, pero eso no ha sido nada. Lo peor, lo peor que le puede pasar a una es perder a un hijo, eso se lleva aquí y no se olvida”.

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Los ojos de cielo abierto se tornaron azul mar encabritado y llovieron un poco… todos los relojes se detuvieron por un segundo. Ella, percibiendo ser la autora de la detención del tiempo, dio un suspiro que daba permiso para que los otros también respiráramos. Me mira y me pregunta si soy la hija de mi madre;  le digo que sí: “Los hijos nunca saben lo que duelen”, sentencia nuevamente. Sé que no lo sé, pero no hace falta saberlo, basta con ver cómo una madre detiene el tiempo con su angustia.

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